Nuevo Ministro de Hacienda - Arcadi España
Los Gobiernos de España llevan desde 2013 soñando con alcanzar el santo grial de las cuentas públicas: el superávit primario. Esto es, un presupuesto en el que los ingresos superen a los gastos antes del pago de los intereses de la deuda. En el programa de estabilidad presupuestaria de ese año, el Ministerio de Hacienda plasmó que España conseguiría alcanzar el superávit fiscal en el año 2016, con un saldo positivo del 0,9% del PIB.
Sin embargo, ha sido necesario esperar casi 10 años más, hasta 2025, para lograr este hito. En 2018, año de la moción de censura, España se quedó prácticamente en equilibrio presupuestario, pero en 2019 el Gobierno volvió a acelerar el ritmo del gasto con los populares viernes sociales. En esos años, la reunión del consejo de ministros se realizaba los viernes y el Gobierno de Pedro Sánchez anunciaba recurrentemente nuevas partidas de gasto para ganar apoyo popular. Después llegó la pandemia y todo se complicó drásticamente.
El superávit primario llegó finalmente el año pasado, según los datos publicados por la IGAE el martes. En concreto, los ingresos públicos superaron a los gastos en 3.500 millones de euros, el 0,2% del PIB. Este hito es fundamental para avanzar en el saneamiento de las cuentas públicas. Sin embargo, la comparativa con 2007 trae también un recuerdo amargo.
Aquel superávit escondía un profundo agujero en las cuentas públicas que sólo se reveló cuando se agotó el ciclo expansivo. Si las cuentas están como en el pico de la burbuja inmobiliaria, más que una buena noticia será un motivo de preocupación. Y, en muchos casos, existen paralelismos muy evidentes.
La celebración de Hacienda
En la publicación del dato, el Ministerio de Hacienda presumió del dato, que refleja el avance en el saneamiento de las cuentas públicas logrado, además, sin aplicar recortes. No sólo no se han evitado los recortes, sino todo lo contrario. Desde el año 2019 el gasto público se ha disparado un 45% y su peso en el PIB ha aumentado en 3,3 puntos.
El ajuste ha venido por la vía de los ingresos, que han crecido un 48% en este periodo. No sólo han aumentado mucho, además lo han hecho a un ritmo superior al esperado. Año a año, la recaudación ha superado las expectativas que tenían las administraciones cuando elaboraban sus presupuestos, de modo que los gastos aprobados se quedaban por debajo del crecimiento de los ingresos.
Fue exactamente lo mismo que ocurrió durante los años de la burbuja. Un exministro recordaría años después que cuadrar las cuentas en los años dos mil era muy sencillo porque los ingresos siempre superaban lo esperado. Incluso se tomaban el lujo de revisar los presupuestos a mitad de año para incorporar el exceso de recaudación.
El problema de la recaudación cíclica
El problema de reducir el déficit con el impulso que dan el crecimiento y la inflación es que la recaudación es cíclica, pero los gastos se vuelven estructurales rápidamente. En 2008, cuando empezó la crisis, los ingresos tributarios se hundieron un 15% en apenas dos años, pero los recortes eran mucho más complicados. De pronto, se mostró todo el déficit que estaba oculto tras los ingresos de la burbuja.
En la actualidad no parece existir tal burbuja. Aunque es cierto que el mercado inmobiliario vuelve a estar muy tensionado, pero el sector privado está saneado, por lo que no debería producirse un desplome del consumo o una escalada de la morosidad como entonces. Pero los paralelismos en las cuentas públicas son evidentes.
En los últimos cuatro años, el gasto público ha crecido a una media del 6% anual. Un avance tan intenso que la Autoridad Fiscal (AIReF) cree que España superó el límite pactado con la Comisión Europea en 2025. El límite de crecimiento del gasto computable era del 3,7% y, aunque todavía no se ha publicado el dato de 2025, el gasto corriente creció nada menos que un 6,3%.
El compromiso incumplido con Bruselas
El gasto comprometido con Bruselas es el que permitiría devolver a la deuda a una senda de reducción sostenida. España no lo ha hecho, perdiendo así una oportunidad para acelerar el saneamiento de las cuentas públicas sin tener que hacer esfuerzos presupuestarios. Bastaba con limitar el ritmo del gasto.
Es posible que España esté ante los últimos años de un ajuste sencillo, ya que hacia finales de la década se va a disparar el gasto público por la jubilación de la generación del baby boom. Además, el nuevo episodio inflacionista obligará a elevar el gasto en pensiones, salarios públicos y, en general, todo tipo de prestaciones. Si la situación fiscal se complica en el futuro, España volverá la vista atrás a estos años y se lamentará de haber elevado el gasto al ritmo de un 6% anual entre 2022 y 2025.
Vulnerabilidades más graves que en 2007
Las diferencias con los años de la burbuja son numerosas. Ya se ha señalado que el sector privado está mucho más saneado, por lo que no debería producirse una crisis de la misma magnitud. Además, la recaudación no está inflada por la construcción de más de medio millón de viviendas al año.
Sin embargo, las cuentas públicas tienen algunas vulnerabilidades que son más graves que las que había en 2007. La más relevante es el montante de la deuda pública. En 2007 la deuda pública era del 35% del PIB, pero en la actualidad es del 101%, esto es, casi el triple. Esto deja a las Administraciones Públicas en una situación mucho más vulnerable a una subida de los tipos de interés.
El gasto en intereses en 2025 fue del 2,4% del PIB, frente al 1,6% en 2007. Esto significa que para reducir la deuda pública al mismo ritmo que en los años de la burbuja, el superávit primario tendría que ser casi el doble que entonces.
Un gasto público mucho más rígido
Hay otra debilidad evidente en la actualidad. En 2007 era fácil hacer recortes, porque las Administraciones tenían una partida de gasto muy cuantiosa que era extremadamente fácil de recortar: la inversión. Recortar en este capítulo es muy poco traumático, basta con dejar que los proyectos en curso se agoten y no licitar nuevos contratos. Es muy poco traumático para la sociedad en comparación con recortar servicios públicos, el salario de los empleados públicos o las pensiones.
En 2007 la formación de capital llegó hasta el 4,7% del PIB. Los sucesivos gobiernos fueron esquilmando esta partida hasta dejarla por debajo del 2% en 2016. Esta vía de ajuste no existe en la actualidad, ya que la inversión pública no llega al 3% del PIB.
Por el contrario, la remuneración de asalariados llega actualmente al 10,8% del PIB, mientras que en 2007 no alcanzaba el 10%. Y las prestaciones sociales son hoy un 17% del PIB, mientras que en 2007 apenas alcanzaban el 11,4% del PIB. En definitiva, la composición y la dinámica del gasto público en la actualidad son mucho más rígidas que en el pico de la burbuja inmobiliaria.
Los datos que dibujan la vulnerabilidad
Las preguntas que quedan sobre la mesa
Queda por ver si este superávit se mantendrá en los próximos años o si será un espejismo coyuntural como ocurrió en 2007. También está por saberse qué medidas tomará el Gobierno si la recaudación cae bruscamente en la próxima crisis, ya que el gasto estructural no se puede recortar con la misma facilidad que entonces.
La deuda pública acumulada deja poco margen para maniobrar en caso de emergencia. Una subida de los tipos de interés dispararía el gasto en intereses, que ya es un 50% más alto que en 2007. Y las prestaciones sociales, que ahora son el 17% del PIB, no se pueden recortar sin consecuencias políticas y sociales graves.
Algunos economistas creen que la tasa de paro estructural de España ha bajado en los últimos años y que la reforma laboral debería evitar que se dispare el desempleo como en el pasado, pero todavía no hemos vivido una crisis económica que permita constatarlo. La esperanza es que el mix tributario actual ofrezca más estabilidad que en 2008, con el IRPF y las cotizaciones sociales ganando peso frente al impuesto de sociedades.
El fantasma de los viernes sociales
En definitiva, el superávit primario de 2025, como el de 2007, esconde muchas vulnerabilidades. En los últimos cuatro años, la recaudación tributaria ha crecido un 41% y el PIB, un 37%, por lo que es normal que el déficit se haya reducido mucho. La gran duda es si se ha reducido lo suficiente. Y, sobre todo, si el gasto público no ha crecido más de la cuenta.
Todo apunta a que en 2025 aumentó por encima del compromiso adquirido con Bruselas. Esta es la gran duda. Lo que está claro es que, como también ocurrió durante la burbuja, los gobiernos, tanto el central como los autonómicos, están aprovechando la coyuntura para inflar su gasto y comprar votos.
El precio de la complacencia fiscal
La historia económica de España está llena de momentos en los que las buenas noticias resultaron ser advertencias disfrazadas. El superávit de 2007 se celebró con titulares triunfalistas que hoy parecen ingenuos. Nadie quería escuchar las voces que advertían sobre la insostenibilidad del modelo. Nadie quería ver que los ingresos de la burbuja no eran eternos.
Hoy nos encontramos en una situación similar, pero con menos margen de error. La deuda es tres veces mayor, el gasto es más rígido y las herramientas de ajuste son más limitadas. Si llega una crisis, no habrá inversión pública que recortar sin dolor. Habrá que tocar pensiones, salarios o servicios. Y eso tiene un coste político que ningún gobierno quiere asumir.
El superávit primario es una buena noticia, sin duda. Pero es una buena noticia que llega envuelta en advertencias. Los ingresos han crecido más de lo esperado, pero el gasto ha crecido más de lo comprometido. La deuda sigue siendo un lastre que limita cualquier movimiento. Y el futuro trae más gasto, no menos, con la jubilación del baby boom y las presiones inflacionistas.
Los gobiernos tienen la tentación de gastar cuando los ingresos sobran. Es humano. Es político. Es electoral. Pero la disciplina fiscal no se mide en los años buenos. Se mide en los años malos. Y cuando lleguen, porque siempre llegan, España se encontrará con menos herramientas que en 2008 y más deuda que nunca en su historia.
Esa es la lección que debería aprenderse de este superávit. No que hemos ganado. Sino que hemos tenido suerte. Y la suerte, en economía, nunca dura para siempre.
Fuentes: El Confidencial, IGAE, Ministerio de Hacienda, AIReF, Comisión Europea, datos fiscales 2007-2025
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