Hace apenas unos días, un gráfico compartido por el inversor Bill Ackman en X despertó el interés de Elon Musk y de analistas políticos en todo Occidente. No mostraba crisis económicas ni tensiones geopolíticas, sino algo más sutil y quizás más peligroso: la brecha ideológica que separa a hombres y mujeres de la Generación Z. Mientras las jóvenes se desplazan aceleradamente hacia posiciones progresistas radicales, los varones de su misma edad permanecen anclados en el centro o se inclinan levemente hacia posturas conservadoras.
Dos sexos, una misma generación, dos mundos.
En las urnas británicas de 2024 quedó al descubierto esta divergencia: solo el 12% de las mujeres entre 18 y 24 años votó a formaciones de derecha, frente al 22% de los hombres de esa franja. El Partido Verde, abanderado del progresismo identitario, capturó el 23% del voto femenino joven, duplicando casi el apoyo masculino.
No se trata de una anomalía local. Estudios como el de Schmitt y colaboradores, que analizaron a más de 17.000 personas en 55 países, revelan diferencias psicológicas consistentes: las mujeres presentan mayor neuroticismo —sensibilidad al estrés y ansiedad— incluso en sociedades con alta igualdad de género, lo que las hace más vulnerables a narrativas basadas en la victimización y la justicia emocional.
El ecosistema digital actuó como catalizador. Las redes sociales, con sus algoritmos que premian la indignación y penalizan el disenso, crearon cámaras de eco donde las jóvenes encontraron validación en el discurso woke.
Las universidades, ahora mayoritariamente femeninas y dominadas por el pensamiento progresista, cerraron el círculo: el desacuerdo dejó de ser debate para convertirse en herejía. Mientras tanto, los jóvenes varones, marginados por un discurso que los señalaba como privilegiados opresores, optaron por el silencio o la retirada hacia espacios alternativos donde reconstruir identidades menos patologizadas.
Las consecuencias ya se palpan en lo cotidiano: caída acelerada de natalidad, desconfianza creciente entre sexos, dificultad para formar parejas estables. Occidente asiste impávido a la disolución de su tejido social más básico. Y aunque el wokismo algún día pierda fuelle, la brecha tardará décadas en cerrarse. Los jóvenes ya no comparten referentes, lenguaje ni aspiraciones. Habitan el mismo territorio geográfico, pero viven en realidades paralelas.