Me quedé mirando las imágenes del sábado. Ciento cincuenta protestas. Pancartas contra la guerra. Gente joven, gente mayor, gente con niños en los hombros.
Y sentí algo incómodo. Algo que no quiero sentir pero que está ahí.
Porque el mismo sábado, en Valencia, cientos de familias seguían esperando saber dónde están los treinta millones de euros que donaron para la DANA. Treinta millones. Dinero de gente que quizás estaba en esas mismas manifestaciones.
Y nadie protestó por eso.
Lo que vi desde mi ventana
El sábado por la tarde salí a comprar pan. Las calles del centro estaban llenas. Cánticos. Megáfonos. Una energía que hacía años no veía en las calles de Madrid.
Hoy, encendí el ordenador y vi la noticia del TSJCV. Archivada la querella contra la jueza de la DANA. El mismo día que rechazaban investigar a Mazón.
Apagué el ordenador. No por indiferencia. Por cansancio.
Porque hay un patrón que se repite. Y cuando se repite tantas veces, deja de ser casualidad.
Los muertos que importan y los que no
No voy a decir que las protestas contra la guerra estén mal. La guerra es horrible. Los muertos en Irán, en Israel, en Gaza, en Líbano... todos importan. Todos duelen.
Pero hay muertos más cerca.
32.704 personas murieron en 2025 esperando la Dependencia. Una cada 16 minutos. ¿Cuántas manifestaciones hubo por eso?
46 personas murieron en Adamuz. La vía estaba rota desde la noche anterior. ¿Cuántas protestas hubo frente al Ministerio de Transportes?
Cientos de víctimas de la DANA siguen sin respuestas. ¿Cuántas concentraciones hubo frente al TSJCV el sábado?
No es una competición de dolor. Es una pregunta sobre qué nos mueve como sociedad.
El dinero que desaparece
Lo de los treinta millones me duele personalmente. No porque sea mi dinero. Porque es el dinero de mi vecina, la que tiene 78 años y vive con una pensión de 800 euros. Es el dinero del camarero que trabaja doce horas. Es el dinero del estudiante que renunció a sus ahorros.
«Solo el pueblo salva al pueblo», decían los carteles.
El pueblo salvó. El pueblo donó. Pero el pueblo no tiene derecho a saber qué pasó con ese dinero.
El Ministerio dice que no lleva «un registro con ese nivel de desagregación». Traducción: no sabemos quién dio qué. No sabemos dónde fue. No sabemos quién decidió.
Y cuando el dinero público desaparece sin trazabilidad, hay un nombre para eso. No lo voy a escribir. Pero ustedes saben cuál es.
La Justicia que elige
Lo del TSJCV es más grave. No por lo que dice. Por cuándo lo dice.
El mismo día que archivan la querella contra la jueza, rechazan investigar a Mazón. El mismo día que el pueblo sale a la calle por Irán, la Justicia cierra dos puertas en Valencia.
¿Es casualidad? No lo sé.
¿Es cuestionable? Totalmente.
¿Merece una manifestación? Al menos una pregunta.
Pero las cámaras no estaban allí. Los famosos no firmaron un manifiesto. Los informativos no abrieron con eso.
Y lo que no sale en la tele, no existe.
Lo que me enseñó mi padre
Mi padre era de una generación que no confiaba en los gobiernos. Ni en los de izquierda ni en los de derecha. «Todos son iguales», decía. Yo le discutía. «No, papá. Hay gente honesta».
Ahora, con los años, empiezo a entenderlo.
No es que todos sean iguales. Es que el sistema premia lo mismo. El silencio. La complicidad. El esperar tu turno.
Y el pueblo, mientras tanto, protesta cuando le dicen contra quién. Se calla cuando le conviene. Y dona cuando le toca el corazón.
Pero no pregunta. No exige. No vigila.
La protesta cómoda
Hay algo que he observado en estos años de difíciles noticias. Las protestas que tienen éxito son las que no molestan demasiado.
Protestar contra una guerra lejana no cambia nada en tu vida. No te quita votos a ningún partido. No te obliga a dimitir.
Pero protestar por los treinta millones de la DANA... eso sí que molesta. Eso toca bolsillos. Eso nombra responsables. Eso exige respuestas.
Protestar por la Dependencia... eso cuesta dinero. Eso obliga a subir impuestos o recortar en otra parte.
Protestar por Adamuz... eso señala a ADIF. Al Ministerio. A nombres con apellido.
Es más fácil gritar contra lo lejano que exigir lo cercano.
Lo que viene
Mañana, las manifestaciones serán recuerdo. Los titulares cambiarán. Habrá otra noticia. Otra guerra. Otra tragedia.
Pero los treinta millones seguirán sin destino. Las víctimas de la DANA seguirán sin respuestas. Los muertos de Dependencia seguirán muriendo en silencio.
Y quizás, solo quizás, alguien se pregunte por qué somos tan valientes para lo lejano y tan cobardes para lo cercano.
No lo digo con rabia. Lo digo con tristeza.
Porque yo también he estado en esas manifestaciones. Yo también he firmado manifiestos. Yo también he sentido que hacía algo.
Pero hacer algo de verdad duele. Exige. Cansa.
Y no todos estamos dispuestos a eso.
Una última cosa
Si han leído hasta aquí, gracias. No espero que estén de acuerdo. Espero que se pregunten.
Porque las preguntas incómodas son las únicas que pueden cambiar algo.
Y España necesita cambiar. Cambiar a quién gobierna. En quién exige. En quién vigila. En quién recuerda.
Los muertos de Valencia merecen verdad. Los muertos de Adamuz merecen justicia. Los muertos de Dependencia merecen memoria.
Y los vivos merecemos dejar de elegir contra qué llorar.
Gracias por leerme. Gracias por pensar.
Hasta la próxima.
Me encantaría leer tus reflexiones. Escríbeme a sosradioespana@gmail.com. Hablemos. Porque el diálogo, al final, es también una forma de construir paz..
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🕐 Publicado: 16/03/2026 • 21:15 | Darío Rodríguez
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